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Traición y oportunismo: la verdad detrás de Ramiro Marra

Ramiro Marra, ex integrante de La Libertad Avanza. (Foto: NOVA)

Lo que empezó como un proyecto político disruptivo, con figuras jóvenes que prometían romper con la vieja política, hoy enfrenta su primer gran intento de infiltración por dentro. Y el protagonista de este capítulo no es otro que Ramiro Marra, quien pasó de ser la cara visible del liberalismo porteño a transformarse en una pieza funcional al sistema que juró destruir.

Su salida de La Libertad Avanza, su voto a favor del impuestazo de Jorge Macri y su reciente candidatura con un sello reciclado de los 90, solo confirman lo que muchos ya sospechaban: Marra dejó de ser parte del cambio para convertirse en una herramienta más de la casta.

Durante años, construyó un discurso público en defensa de la libertad y el mercado. Se presentó como un outsider, un joven con lenguaje directo y sin miedo a incomodar. Pero en los hechos, ese personaje se fue desdibujando. Porque no hay nada más cómodo que denunciar desde el lugar de “la renovación” mientras se negocia por abajo con los mismos actores que hace décadas manejan la política con criterios de supervivencia, no de convicción.

Su acercamiento a la UCeDé, fuerza que supo ser liberal en los 80 y 90 pero que hoy sobrevive como estructura electoral para acomodar ambiciones personales, deja al desnudo una operación clásica: aferrarse a cualquier sello, aunque sea ajeno, para no perder visibilidad y conservar poder. Esa es la verdadera cara de Ramiro Marra hoy: un dirigente sin territorio, sin proyecto definido y sin principios claros, que está dispuesto a todo para no quedarse afuera del juego.

No estamos hablando de un desacuerdo puntual ni de un debate interno por matices ideológicos. Lo de Marra sería una jugada deliberada para romper el proyecto que lidera Javier Milei, y que tiene en figuras como Manuel Adorni a sus principales referentes en la Ciudad. El objetivo es dividir al electorado liberal, sembrar confusión, y abrirle la puerta a la restauración de la política tradicional, esa misma que el juró destruir.

Mientras el presidente predica eliminar regulaciones, achicar el estado y ponerle fin al modelo de privilegios, Marra elige el camino contrario: aliarse con sellos vacíos, votar a favor de impuestos que castigan al contribuyente y presentarse como una alternativa cuando en realidad es un obstáculo más para las reformas estructurales que el país necesita.

Y no es casualidad que lo haga ahora, cuando las transformaciones empiezan a tomar forma y el oficialismo avanza, aunque con resistencia, hacia un modelo de país más austero, eficiente y libre. En este momento clave, donde se requiere unidad, coherencia y determinación, Marra decide patear el tablero, fracturar el frente que lo hizo crecer y servirle en bandeja argumentos a la oposición y al aparato mediático que intenta frenar la revolución política en curso.

Es aún más grave si se tiene en cuenta que Marra votó junto a Jorge Macri un aumento impositivo, algo que va completamente en contra del ADN libertario. Ese gesto no fue ingenuo, ni accidental. Fue una señal de que sus prioridades ya no están con el electorado que lo llevó a donde está, sino con los viejos armadores de la política porteña. Lo que antes denunciaba como “casta”, hoy lo abraza como refugio.

Y mientras él juega su carta personal, Manuel Adorni, quien vendría a ser el verdadero referente de Javier Milei en la Ciudad— se mantiene firme, defendiendo un modelo de gobierno basado en la coherencia, la austeridad y el compromiso con la gente. Adorni no anda negociando con estructuras prestadas ni acomodando su discurso al clima político del día. Representa la continuidad real del cambio, con una agenda clara y con el respaldo de quienes sí creen en un país diferente.

La actitud de Marra no solo no va de acuerdo al espacio libertario: perjudica directamente a los porteños, que ven cómo sus impuestos suben mientras quienes prometieron defenderlos deciden borrarse o, peor aún, traicionarlos. Cada maniobra, cada guiño a la vieja política, cada discurso ambiguo, alimenta al sistema que La Libertad Avanza habría venido a romper. Y en esa lógica, Marra ya no es parte del cambio: es parte del problema. Y más de lo mismo.

No es casual que se mantenga ambiguo, sin dar explicaciones claras, sin asumir responsabilidades, ni responder a las preguntas del electorado. Está jugando al desgaste. A la confusión. A ese juego que tan bien manejan quienes se criaron en la política tradicional y que tan ajeno le resulta a un movimiento nuevo que apostó por la transparencia y la frontalidad.

En conclusión , Ramiro Marra ya no representa ningún principio. Representa una ambición desbordada, sin límites, sin lealtades y sin rumbo. Su candidatura, lejos de ser un gesto valiente, es una maniobra desesperada, que solo fortalece a los que quieren que todo siga igual. Y en esa elección, Marra eligió pararse del lado equivocado de la historia.

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